La verdad es que me ha sorprendido lo relativamente rápido que han pasado las 30 horas desde las 8.45 de la mañana que debía salir el vuelo de Madrid, hasta las 2 de la tarde del día siguiente que he llegado a Sydney.
30 horas de esperas, lectura, películas malas y conversaciones amenas con una mujer irlandesa residente en Canberra que al final me ha dejado su teléfono por si tengo algún problema por Australia. Como siempre digo... siempre se me han dado bien las cincuentonas...
Las sensaciones eran casi contradictorias, o más bien inesperadas, experimentando una calma extraña, casi indiferente, como si el viaje no fuese conmigo, o como si fuera una obligación a la cual me resignaba. Creo que era el modo viaje, porque nada más llegar, ha sido como recibir una inyección de optimismo y buen humor, intercambiando breves charlas con gente del aeropuerto, del tren, y del albergue. una cosa está clara: aquí la gente es muy abierta, y le encanta saber de dónde vienes y a dónde vas!
He volado desde Londres en un Airbus 380, con otros 450 pasajeros más. Si no me lo dice la irlandesa ni me entero. Por dentro no es para tanto, si no fuera por el segundo piso que tiene, pero por fuera es impresionante. Mañana colgaré la foto como portada de esta entrada.
Sin duda, esto promete!